Ficción
Escribo novelas donde el conflicto no se resuelve y el sufrimiento no enseña.
Me interesa lo que queda después del error, de la espera, del autoengaño.
Personajes que no buscan redención, sino sostenerse.
Historias sin épica, sin moraleja, sin consuelo.
Mis novelas no explican: exponen.
La vida del caracol
Un bebé muere quemado dentro de una incubadora. El técnico que la reparó sigue vivo.
A partir de ese punto, La vida del caracol se repliega sobre una conciencia incapaz de huir: culpa, deseo, violencia íntima y pensamiento obsesivo avanzan lentos, dejando rastro.
Esta no es una novela sobre la verdad de un hecho, sino sobre la imposibilidad de vivir después de él. No hay redención, ni aprendizaje, ni consuelo espiritual. Solo cuerpos frágiles, sistemas que fallan y una mente que gira sobre sí misma, como un caracol atrapado en su propia espiral.
Un texto incómodo, físico y moralmente perturbador, que se niega a ofrecer alivio.
La última zanahoria
Un hombre persigue una promesa mínima: Honrar su pueblo.
Trabajo, vínculos, proyectos, cuerpo, expectativas: todo se organiza alrededor de una zanahoria que siempre parece estar un poco más adelante.
La última zanahoria es una novela sobre el autoengaño funcional, la postergación elegante y la necesidad de creer que el esfuerzo acumulado será recompensado. No hay grandes tragedias ni eventos irreversibles, sino un desgaste lento, casi invisible, donde la vida se vuelve una sucesión de preparativos para algo que nunca termina de llegar.
Un texto incómodo en su cercanía, que expone la trampa contemporánea de seguir avanzando sin preguntarse hacia dónde, ni para qué.
Estas novelas no están pensadas para lectura ligera ni escapista.
